En el camino
- 21 ago 2017
- 3 Min. de lectura

Era tan estrecho el camino que sólo podía transitar una persona a la vez. Una detrás de la otra, como si fuese un sendero de hormigas africanas: húmedo y gastado por las pisadas de los traseúntes.
Él que vestía una camisa blanca, llevaba unas alforjas en los brazos. Ella un bebé en su hombro, sostenido por una sábana de múltiples colores para soportar el cansancio que le producía todo el trayecto.
Él adelante musitaba frases incomprensibles y dirigía su andar, cual guía de aquel valle repleto de flores silvestres.
Durante la mañana había caído una llovizna y las hojitas de las plantas del camino les mojaban los pies, apenas cubiertos con sandalias de cuero. Ella también llevaba una canasta en su cabeza que contenía algunas frutas y verduras para comer a su llegada.
Como el bebé lloraba de vez en cuando por la incomodidad del trayecto, ella lo calmaba amamantándolo. Cuando por fin habían conseguido mantener el ritmo, vieron venir a lo lejos a un señor en un burro. Llevaba un sombrero blanco por lo que no lograban identificarlo. Al acercar sus pasos con los del jinete, se percataron de que era Chavelo, el señor que recolecta paltas y naranjas de sus campos para venderlas en el pueblo.
-Cómo están, para dónde van tan de prisa-, les preguntó Chavelo.
-Vamos a casa de mamá, que está enferma-, respondió ella.
-Salúdenla de mi parte-, les pidió Chavelo.
-Lo haré, don Chavelo-, contestó ella sin detenerse.
Y así se cruzaron, cada uno se fue por su propio extremo de aquella estrecha senda, con flores de campanitas violetas húmedas en los costados.
El Sol empezaba a calentar y el angosto caminito se secaba cada vez más. Ella, por su parte, mantenía el ritmo en su andar, un poco ensimismada por la salud de doña Ferminia. Cada tanto acomodaba la canasta en su cabeza.
Él, que no pronunciaba ni una sola palabra, se veía cansado y hambriento.
A lo lejos empezaron a ver las casas del pueblo donde vivía doña Ferminia, la mamá de su mujer, que estaba enferma.
De pronto exclamó:
-¡Ojalá nos tengan algo preparado para comer! ¡Muero de hambre! Vos no me hiciste lo suficiente esta mañana para aguantar durante todo el viaje.
-Sólo piensas en comer. Mamá está enferma, así que no esperes que tenga comida hecha, murmuró ella.
Él volteó a ver hacia atrás con una expresión desafiante y agregó:
-Rita tu hermana debería aprender a cocinar, por eso ningún hombre la quiere, se va a quedar para vestir santos.
- Si se queda para vestir santos o no, no es tu problema, además, no me hagas recordar lo que pasó entre ustedes la última vez.
El fresco del camino de pronto se convirtió en un infierno intransitable. Los recuerdos llegaron a su mente, el silencio se apoderó de los dos.
El bebé se movió en su pecho y sollozó de incomodidad. Ella lo sacó, lo puso entre sus brazos hasta calmarlo.
La pequeña montaña que impedía divisar por completo las casas del pueblo quedó atrás. El camino angosto y húmedo, se fue haciendo cada vez más ancho y polvoriento; cuando comenzaron a escuchar cantar los gallos de las primeras casas, un aire helado abrazó sus cansados cuerpos. Pasaron frente a la de Elena, que sentada en un banco de madera, en su pequeño patio, les levantó un brazo en señal de saludo.
Ellos, que se acercaban cada vez más adonde había sido su primer hogar luego de casarse, escucharon gritos desconsolados que provenían de la habitación de doña Ferminia.


Comentarios