La visita de Matilda
- 21 ago 2017
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Eran las 5 de la mañana, como era su costumbre, hubo de gruñir por el gallo cantor que se quedaba a dormir del otro lado de la habitación. Prendió un fósforo para alimentar el candil que dejó al pie de la cama.
Afuera la Luna todavía regalaba su más brillante luz, que poco a poco decaería a la salida del señor sol.
La lata vieja con kerosene y una mecha de tela de jeans le servían para amainar la penumbra de su habitación, que no la dejaba ver sus chancletas al costado de la cama.
Para llegar hasta la cocina necesitaba de aquella luz humeante que le permitía además de alumbrarse, prender el fogón de barro que, posado en la cocina, calentaba el café y el fresco del amanecer.
La cocina que apenas tenía lo necesario, no disponía de un lavatrastos adentro, por lo que Matilda salió hasta el patio a lavar la cafetera que hubo de quedarse sucia la noche anterior. Es que Felipo, su hijo pequeño, no hizo caso cuando ella le pidió que la dejara limpia.
La neblina de la mañana impedía visualizar por completo el trayecto hacia la pila.
Caminando a tientas, se dispuso rodear el árbol de naranjas que había a tres pasos desde la puerta de la cocina, ya sabía dónde pisar y dónde no. Al acercar sus manos al agua, sintió el hielo de la montaña. Es que el agua venía de los pozos de la montaña cercanas al pueblo y al amanecer estaba casi congelada. Mientras gemía por el frio que se apoderaba de sus manos, unas hojas del árbol de naranjas escuchó caer.
-Pero cuando se despierte Felipo me escuchará. La cafetera se debe dejar lavada la noche anterior, pensó al instante de sentir aquel escalofrío en la nuca.
Ramas secas se partieron en varios pedazos. Hojas que no estaban cuando ella pasó por el árbol de naranjas miró al regresar.
-Eso fue por el viento que sentí hace un momento, dijo en voz alta.
Al entrar a la cocina cerró la puerta tan fuerte que golpeándola contra aquel marco polvoriento sus dedos magulló.
-Estoy a salvo. En la luz y adentro, se dijo para su interior.
Al fogón se acercó y el agua calentó. Preparó unas galletas y sentada al calor de los leños prendidos, una vocecita escuchó.
-Tiene unos dedos enormes.
-Pero mírale los pies, son tan grandes como un gigante.
-No, no. Estoy bien loca por escuchar que alguien está hablando de mí, dijo al sonreír. Todos duermen.
-No estas loca. Estamos aquí abajo. ¡Míranos, acá, acá en tu pie derecho!
-No, los niños están dormidos, repitió.- Manuel también. Estoy sola.- pensó.
-Matilda, Matilda, quiero de tu galleta.
-Se niega a escucharnos, a mirarnos, dijo una de las voces.
-Necesitamos tu ayuda. Necesitamos de ti.
Matilda se levantó para guardar la taza y al levantar su pie derecho sintió un leve rasguño. Pasó su mano para rascar aquella picadura cerca de su tobillo, cual mosquito al acecho.
Escuchó un ruido que no era de un humano, pues hubiese podido distinguir de quien era. En aquel pueblo todos se conocían. Mientras hacía sus cosas trató de desentenderse, pensando que eran las gallinas que ya habían salido del gallinero y estaban locas escarbando la tierra buscando lombrices en la humedad del amanecer.
Esta vez alguien lloraba desconsoladamente.
Más curiosa aún de lo que oía, dejó de lado lo que estaba haciendo que impedía distinguir el ruido, se alejó de la mesada y caminó hacía el fogón desde donde provenía el sollozo. No miró nada cerca.
-Esos leños de cedro cuando se queman hacen ruido, dijo incrédula, mientras se acercaba a la leña.
-Acá, detrás del ocote, Matilda.
Frunció el ceño y agachó su cabeza al fogón con los ojos fijos en las siluetas pequeñas que vistiendo unos harapos, al brasero se aproximaban.


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