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Un día a lo hondureño en Buenos Aires

  • 17 sept 2017
  • 2 Min. de lectura

Eran apenas la una de la tarde cuando tocamos el timbre del piso seis del edificio de la embajada hondureña, en la avenida Santa Fe. Con la expectativa de la celebración del aniversario patrio centroamericano, llegamos hasta la embajada que, resguardada por la Policía, nos abrió las puertas para conmemorar 196 años de independencia.

Adentro habían cerca de 50 personas, música caribeña y un olor indescifrable a chismol.

“Allá al fondo, donde se escucha esa bulla”, dijo Mario, el asesor de la embajada, que nos señalaba el camino.

Gina y Waleska, las dos organizadoras del evento salieron a atendernos con una sonrisa de oreja a oreja. Ese sentimiento de pertenencia que aflora cuando nos encontrarnos con otros paisanos, pues cada cinco minutos los invitados tocaban el timbre de aquel piso, que, decorado con cuadros y adornos hondureños, nos hicieron sentir como en casa.

A su llegada, todos ríen, saludan, se abrazan con afecto, y hablan como hondureño.

¡Qué alejada he vivido estos cinco años de ese acento!

Cerca de las dos de la tarde llegó la embajadora Ivonne Bonilla, quien amablemente saludó a toda la concurrencia; y junto a Gina y Waleska, dispusieron de la parte formal del evento: Cantar el himno, dar las palabras alusivas al acto y la lectura del acta, mientras todos los invitados formaban un circulo del que no se desprenderían jamás.

Desde olanchanos, paceños, capitalinos y los burritos de Comayagua, invadían la sala del sexto piso de aquel edificio antiguo. Quizás en Honduras pasaríamos desapercibidos, pero acá todos somos como una gran familia. Todos sonríen con todos, hasta las niños que han llevado los padres hondureños. Sonríen, sin motivo.

La hora de la comida ha llegado, la fila a empezado a formarse. Gina y Waleska, las dos hondureñas, han cocinado para nosotros: Nacatamales, cual Navidad en septiembre; baleadas, cual noche al mediodía y cemita con café cual desayuno al amanecer. Nuestro menú catracho ha venido cargado de recuerdos, sabores y colores. Hoy, nos han transportado a nuestra tierra, esa que nos vio nacer a cada uno en su ciudad, pueblo o aldea, pero bajo el mismo manto; nuestra bandera, y de la que en este momento, nos han hecho sentir orgullosos por lo que somos y hacemos. Esta gran familia que nos dio la tierra, no me la olvido más.

¡Bendiga Dios la pródiga tierra en que nací!


 
 
 

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