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Sobrevivir con tan poco

  • 1 nov 2017
  • 4 Min. de lectura

Allá en el pueblo de donde yo vengo, apenas tenemos una escuela, un colegio a 30 minutos de camino, el que no tenía ninguna carrera secundaria cuando yo desfilé por sus pasillos, sino del primero al tercer ciclo, o sea un Centro Básico. Una carretera de tierra por la que los autobuses amarillos pasan dos veces al día, incluso, viví toda mi infancia en la oscuridad, no hubo luz, por lo tanto, televisores en todas las casas, los pocos que teníamos TV en el pueblo los hacíamos funcionar a batería de auto recargable y sólo se prendía para ver la novela a la noche, no te estoy hablando de que esto pasó hace 40 ó 50 años, esto es de hace apenas 10 años. La radio portátil que funcionaba a pila, la posábamos sobre la tinaja de barro para que diese un sonido más fuerte y simulasemos un minicomponente. Entonces me di cuenta que quería ser periodista, escuchando una FM, si mal no recuerdo se llamaba Vale, ah, y La Conga ¡viva La Conga! Pero esa la escuchaba mamá a la noche, media triste, yo pensaba que los locutores eran periodistas, pues daban noticias y complacían con canciones a los oyentes. En Vale ponían música más movida, sonaba la Shakira mínimo cinco veces al día y de ahí traigo el 'Moscas en la casa' todo el tiempo en la cabeza. Pero hoy charlando en mi terrible inglés con mi profesora particular, le contaba los problemas en la educación que tenemos, incluso, rememoré las ayudas que llegaban al comedor comunitario, hoy en día es el kínder que justo queda a la par de casa de mamá porque fue un terreno cedido por mi abuelo para que se lleve a cabo ese comedor comunitario a donde todos solíamos ir. Todos los días las mamás de cada chico que asistía preparaba la comida del día, una merienda y si había chance un almuerzo. A todos nos encantaba el atole que preparaba Julia de Dorito, es que en el pueblo le decimos "De" a las esposas de los señores para distinguirlas una de la otra.

Además, las autoridades estatales, alcaldes y demás apoyaban con cuadernos, ropa, uniformes y zapatos a todos los chicos que asistían. Eso ya no existe, se perdió y siempre lo traigo en la cabeza. El comedor colgó la sartén, el tubo de hierro que se tocaba con una piedra para que todos los niños llegasen en horario terminó, seguramente, hecho chatarra, las dos mesas verdes de casi cinco metros de largo terminaron hechos cenizas en algún fogón. Quizás ya no conozco la situación económica de cada familia en mi pueblo, tampoco sé si están, actualmente, educando a sus hijos, ojalá que sí, pero qué bien nos vendría volver a esos tiempos que motivaban a los niños a ir a clases, colegio y a convivir. Si no me equivoco esos niños son hijos de los que un día fueron mis compañeros de escuela, de grado o de salón y hoy viven lo que un día nosotros: en la misma situación, sin tantas alternativas de seguir educándose ahí mismo, en su lugar de origen, como nos hubiese encantado y posiblemente sus padres, mis ex compañeros, soñaron con poder darles o que simplemente dábamos por hecho que tendríamos ahora en pleno 2017. Un mejor centro de estudios, bibliotecas, comedor y que no llegase solo a sexto grado, sino el secundario completo, mínimo. A mi abuelo, que ha sido el único hombre que siempre se ocupó de que el pueblo tuviese todo lo necesario para sacar adelante a los habitantes. Loco, le decían, pero ha sido el que donó terrenos para el kínder, escuela, centro cultural o salón de fiestas y una iglesia. De todo eso, que para cualquier argentino sonaría primitivo, de la edad media, solo hemos conseguido tener energía eléctrica. Aún no tenemos colegio, ni una posta policial, mucho menos una farmacia o supermercado. La única farmacia/botiquin que recuerdo era la que tenía mi mamá en casa, apoyada por un sinfín de organismos extranjeros de los cuales recibía entrenamiento constante. Es lo que llamaríamos hoy una enfermera empírica. Debe ser de familia esto de pensar en servir al otro sin tener lo suficiente para ayudarse uno mismo. Llevo años dandole la vuelta a los planes retrógrados que tiene el Estado hondureño en el que sólo se jubilan aquellos que hayan trabajado como maestros y algunos militares reconocidos. ¿Qué hay del resto de la población que jamás pudo llegar a conseguir un trabajo en el que se declarasen impuestos o los vendedores particulares que han trabajado solo para subsistir y que bien podrían tributar de forma independiente para conseguir un plan jubilatorio? El Estado debería facilitar mecanismos que permitan a esos adultos mayores a recibir una pensión vitalicia, así no hayan trabajado, como lo existe acá, que pagas un monotributo mensual por determinado tiempo y llegada la edad jubilatoria las cuotas que no cumpliste se descuentan por un periodo de tiempo de la misma jubilación. Allá no existe, vivimos atrasados. ¿Dónde más viste un país que abandona a los mayores? Los hijos de esos adultos nos hacemos cargo, pero no todos los adultos tienen hijos ni todos los hijos pueden solventar los gastos de los padres y es ahí donde lanzamos a los señores a vivir en la miseria.


 
 
 

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Belkis Icela Cárcamo
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