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Una vieja y solitaria vida

  • 6 sept 2018
  • 4 Min. de lectura

El viejo huacal no agarraba más de dos kilos de maíz cocino. Nadita lo lleva bajo el brazo izquierdo y con la derecha agarra el pañuelo blanco que saca del delantal para contener un ataque de tos. Guarda el pedazo de tela otra vez en el único bolsillo del mandil. Hace tanto que tiene esa tos, que los médicos le han dicho que nunca se va a curar. Alicia, la enfermera auxiliar de pueblo le ha dado medicamentos para tratar su enfermedad, pero le duran pocos meses. Cof, cof, cof, ahí viene de nuevo la tos. 

Bernarda -es su nombre de pila, para los desconocidos- vivía con su padrastro, Santos Canales, hasta hace unos años, cuando él murió. Ahora está sola con su gato Piltrafa y un par de burros que este le heredó. Se dirige a paso lento hacia el molino comunal a moler el maíz para las tortillas. Al pasar frente a la casa de Flora, los perros le ladran sin cesar. Ella les habla con cariño para calmarlos. Continúa su paso, lento, frecuente. 

Camino al molino, a donde se dirige Nandita, también está la casa de Alicia, la enfermera. La escucha toser a lo lejos. Le grita: “¿Ya se tomó el jarabe que le di el otro día?”. Con tono alto para que la viejecilla escuche desde la calle. A lo que Nandita contesta que todavía tiene. “Lo estoy ahorrando porque cuando lo tomo a la noche puedo dormir tranquila”. Hablan un momento y como ella es de fácil conversación entra a la casa. 

Pone el huacal en una mesa de madera que está en el corredor y se instala en la cocina. Conversa sobre David, su hijo mayor. Alicia la escucha atentamente, “Qué barbaridad, qué muchacho ese”, le responde de vez en cuando. La madera del fogón de la cocina arde, cruje como si de ella salieran gritos de compasión. La pava suena para avisar que el agua está apunto para el café. Alicia le ofrece una tacita a lo que Nandita asiente. Se levanta de la silla y husmea a la calle a ver si alguien le puede llevar el maíz a moler. Nadie. “Todavía es temprano”, dice. El café espera por ella en la mesa de la cocina. Lo agarra con delicadeza y se lo lleva a la boca. “Oime Alicia, dónde conseguiste este café”, pregunta a su amiga. “Yo misma lo tosté”, contesta. Nandita está fascinada por el sabor de aquel energizante. 

Beben tranquilas mientras hablan de las penas que aquejan a sus hijos. Nandita tiene a David, Lucía y Fredy.  El último es el más amoroso con ella. La llama seguido y manda pasajes para que la visite. Es su adoración. “Aunque tenga 40 años yo lo veo como si fuera mi bebé”, dice. Se dirige a la mesada y deja la taza para despedirse. “Me voy porque si no me cierran”. Sale. El café le ha reconfortado el espíritu, a lo que camina más rápido, pero la tos le desacelera el paso. 

El maquinista del molino todavía no enciende el motor, espera a que hayan más de diez personas. Es la regla que tiene para ahorrar combustible. Nandita se sienta en la banca de madera que hay a lo largo de aquel corredor. Ya sabe quién está delante de ella, se despreocupa por la fila. Pasa su mano derecha por su cara para abstener un ataque de tos. Se le hace imposible. Tose. Saca de su delantal el pañuelo y se larga a toser. Se percata de una pequeña gota de sangre entre los restos de la flema. La observa. Da vuelta al pañuelo y lo guarda. 

El maquinista ha dado la voz de alerta para empezar a trabajar. Hay cerca de doce personas que aguardan para moler maíz. Se levanta y camina hacia su lugar en la fila. Es la cuarta, a lo que se planta frente a la puerta para alcanzarle al operador su viejo trasto. “Veo que trae más que de costumbre. Tiene que pesarlo”, le dice el tipo robusto frente al molino. “Es que tengo visita hoy. Viene la mujer de David”, contesta. Un kilo y 200 gramos pesa el nixtamal. El maquinista le cobra dos lempiras más por los 200 gramos extras que molió.

Sale, con la bola de masa bajo el brazo, se dirige a su casa. Saluda con simpatía a las chicas que se encuentra en el camino. 

A un lado del fogón la espera Piltrafa, su gato pardo, que maúlla al verla entrar. Corre a su encuentro y se mete entre sus faldas largas. 

Ella lo acaricia con esas manos ásperas que deja el trabajo en el campo.

 Enciende el fogón que apenas tenía dos trozos de carbón y empieza a hacer las tortillas de maíz que sirven para acompañar la comida del día. 

 Satisfecha por el avance del oficio de la mañana, se apresta a una ducha antes de que el reloj marque las 11 de la mañana. "Ya va a Bianca, la mujer de David", piensa para sus adentros. El autobús pasa frente a su casa a las 13. 

Se quita el delantal, lo sacude y cae sobre sus pies el pañuelo blanco doblado a la mitad. Lo desenvuelve y descubre aquella mancha roja en la blancura de aquel trozo de tela. Aquella imagen se le graba en la cabeza, pero no le presta atención. “Debe ser un diente que se me está aflojando”, dice en voz alta. Quiere creer eso. Es que con los años, se le han caído de a uno. Son pocos los que tiene firme.

El ataque de tos regresa. Cubre su boca con la mano derecha. Una gota de sangre más grande cae entre sus palmas. El agua de la ducha desvanece la sangre de entre sus dedos. Pero la tos se apodera de ella; tose cada vez más fuerte. Cof, cof, cof. 

No la puede contener. Sale del improvisado baño que armó en el patio y busca el jarabe que toma por la noche, pero en la mesa donde lo dejó no está. La tos persiste. Un fuerte dolor en el pecho se apodera de ella y cae al suelo sin poder respirar. 

Su cuerpo se mueve con espasmos y su garganta está cada vez más hinchada. Se pega en el pecho con la poca fuerza que tiene entre sus brazos. Quiere gritar pero no puede. Es imposible que alguien escuche ese ronco sonido que apenas pueden emitir sus cuerdas vocales. 

 
 
 

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Belkis Icela Cárcamo
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