Volver de la muerte
- 6 sept. 2018
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El transito era leve. Había poca gente en la parada del 29, 15 y el 45 de Barrancas de Belgrano cuando un joven, no mayor de 30 años se me acercó. Llevaba una muleta de madera, cojeaba de una pierna pero podía apoyar ambas. Su caminar era lento, pero constante. -Hola -dijo con dificultad al hablar. En seguida le contesté y no le presté la atención debida. Sonreí por cortesía. -Sabés si aquí es la parada del 42, amiga -me preguntó con confianza. En seguida le contesté afirmativamente. Además le hice saber que yo también esperaba la misma línea de autobús. Para mí era notorio que tenía problemas de salud. El miedo que tuve al principio se fue disipando con el correr de los minutos. No sé por qué tuve miedo. -Mira, amiga -estira la mano y dentro de ella había un carné de incapacidad viejo, había caducado en junio del 2016 y estábamos en 17 de abril de 2018, habrían pasado poco más de las 9 de la mañana. Al ver aquel trozo de papel emplasticado pensé "esta viajando con un documento vencido". Pero dado que el chico casi no podía hablar, decidí callarme. Quise devolvérselo y en seguida se negó a recibirlo con el dedo índice de su mano derecha. La única que podía mover ágilmente. -Tú tenerlo, debes tenerlo. No entendía por qué quería que yo lo tuviese. Como no lo quiso agarrar de vuelta me quedé con él en la mano. En él decía su nombre completo, que era de Catamarca y que tenía 27 años. -Tuve un accidente. Un camión me arrolló cuando iba en la moto y quedé en medio de un auto y el camión. Cinco años en coma -contó como pudo. En seguida desenrolló una bufanda de su garganta y el orificio por el que había respirado durante el sueño profundo parecía moverse. Latía, como cuando el corazón bombea y bombea y sentís que el cuerpo se te mueve por completo también, a su ritmo. La cicatriz de su vida estaba oscura, casi como su piel morena. -Estuve muerto, pero no era mi día todavía, amiga. Contó que vivía con una hermana y su papá. Que ambos se trasladaron a Buenos Aires para cuidar de él. -Mira esto -abre un corazón que lleva puesto en el cuello. En la parte trasera del metal llevaba inscripto el nombre y un número de teléfono en caso de emergencia. Al llegar el autobús le pido que vaya delante, le ayudo con la mochila que había dejado sobre el banco de descanso. Al devolverle el carné me pide que sea yo quien se lo muestre al conductor. Hago caso. Al subir, el chofer le sonrió y gritó a los demás pasajeros: "Un asiento para el muchacho". Dos o tres personas se levantaron en seguida y mi nuevo amigo consiguió asiento sin tanto preámbulo. Me acerco a devolverle el carné y con toda la dificultad que puede resultar para alguien que solo mueve la mitad de su cuerpo, se levantó de la butaca para regalarme un beso en la mejilla que se escuchó en el bullicio de la multitud. -Llámame un día -pidió con una sonrisa pícara.


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