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Venden paseos turísticos para convertirse en médicos

  • 17 oct 2018
  • 7 Min. de lectura

Bajo la leve llovizna que rocía las calles de la Ciudad, decenas de jóvenes con un portuñol muy marcado cantan una y otra vez: “Cena tango, viagens ao Tigreeee”.

Son las 13 de un domingo cualquiera. La calle Florida está repleta de turistas. Los hay nacionales y extranjeros, de habla inglesa, portuguesa y española; española de España y de América Latina. A lo largo del paseo turístico merodean cientos de brasileños que se confunden entre arbolitos y comerciantes, que ofrecen a sus compatriotas shows de tango, paseos turísticos y todas las experiencias por las que los vecinos cariocas deliran al pisar suelo argentino. Nada es casualidad.

Pegado a la tupida maceta verde recién remodelada por el Gobierno de la Ciudad está Jonathan Dos Santos con su piloto azul, desabrochado. No supera los 22 años y hace tan sólo uno, decidió, allá, en una favela de Rio de Janeiro, colgarse una mochila al hombro y en ella meter las ilusiones de recibirse como médico en la Argentina.

Apenas hubo cumplido los 21, le dijo a sus padres que se iría de su casa, del país. Aquello cayó como un balde de agua fría para sus padres. Su hijo, el primogénito de la familia quería salir del nido por primera vez y no había otra alternativa que apoyarlo. Entre toda la familia reunieron dinero para el viaje de ida en ómnibus con destino a Buenos Aires, en donde, como una amiga le había dicho, podía estudiar, tener un buen trabajo y vivir mejor que en aquella favela peligrosa y sin futuro. Pero, nunca, nada es color de rosa.

A unas cuadras de Dos Santos un joven de mediana estatura con auriculares sobre los hombros carga un cartel de la misma agencia de turismo. Se llama Davidson Pereira y viste una musculosa beige con jeans y zapatillas blancas. Sus ropas aún lucen húmedas por el rocío de la tarde. Para costearse los estudios también vende viajes al Tigre, al Zoo Lujan, cena show incluida.

De entre los árboles de la peatonal asoma una chica con el mismo rótulo que lleva Dos Santos y Pereira: se llama Elaine Cristina. Sobre su mono anaranjado a flores usa un piloto rosa para cubrirse de la lluvia. Cuando alguien se le acerca a charlar se pone nerviosa. Se aleja cada tanto para que no la reten sus jefes, que vigilan sus pasos.

La marea de gente de todos los tamaños, gustos y colores se multiplica, agobia. Es la vorágine capitalina. Pero hay algo en lo que estos jóvenes han afilado el ojo en el tiempo que llevan sobre la vieja peatonal para hacer su tiempo fructífero: la vestimenta de los transeúntes. No a todos les ofrecen los servicios. Es cuestión de observar las ropas, el pelo de las chicas y hasta los zapatos.

-Por a maquiagem esas son brasileiras -dice Elaine, que se acerca a ofrecer sus paseos a dos despampanantes rubias.

Las presas fáciles suelen ser sus mismos compatriotas que van por ahí, desorientados, desentendidos del tiempo. A ellos no les resulta difícil adivinar de dónde vienen. Basta con una mirada rápida para saber que son de Brasil. Para cazarlos algunos emplean como fondo, en un atiborrado cartel en español, la bandera verdeamarela.


***

En el año que lleva viviendo en el país, Jonathan Dos Santos ha aprendido a armarse de paciencia para hacerse del documento nacional de identidad, que como cuenta, no ha podido tramitar por la falta de un papel comprobante que tiene que entregarle la UBA, aun cuando en marzo empezó a cursar la carrera de Medicina. Hoy, las materias culturales del CBC forman parte del primer paso que con buena suerte dentro de cinco años permitirá que vuelva a su país con el título bajo el brazo.

Narra Dos Santos que para subsistir ha tenido que trabajar en negro en la calle o depender de la generosidad de sus amigos, compatriotas y la de sus jefes, que lo conocieron durmiendo en la calle.

-Trabajamos aquí porque no tenemos DNI y necesitamos generar plata para estudiar, para eso, tenemos que trabajar, aunque sea, en negro –cuenta, apenado.

Mientras la peatonal se llena de gente que se atreve a salir por la lejanía de la

lluvia, los brasileros se disponen a acomodarse y hacerle frente a la fresca tarde.

Dos Santos lleva ahí parado seis horas y ha vendido tan sólo dos servicios de 800 y 1200 pesos. De cada servicio que vende, tiene derecho a quedarse con el 10 por ciento.

-Nuestro sueldo depende de nuestros sueños. Si necesitamos más, tenemos que vender más. Venir más temprano o irnos más tarde, directo a clases.

Según datos oficiales del Ministerio de Educación uno de cada siete estudiantes de Medicina es extranjero. En el país son 59.706 los jóvenes que estudian esa carrera. De estos, 12.240 son del exterior. Brasil es el país que más jóvenes exporta, pues son 6.721 los viajan hasta la Argentina en busca del título habilitante. El resto de las nacionalidades que integran la lista son Perú con 1523; Colombia con 1029, mientras que Chile, Bolivia y Paraguay lo hacen en menor escala.

Las gotas frías regresan a hacer suya la vibrante ciudad de la furia. El pronóstico del tiempo anunciaba lluvias después de las 15. Poco a poco las calles vuelven a quedar desoladas.

Davidson Pereira habla un español casi perfecto. Vive en Buenos Aires hace seis años, de los que cuenta, se toma vacaciones en su país cada tanto. Llegó con la ilusión de estudiar Medicina en la universidad pública.

Su porte parece ser el de un chico de 20, aunque en el DNI de extranjero diga que nació en el 88 en Ipatinga, una de las ciudades más prósperas de Minas Gerais. Quizás allá hubiese tenido mejores oportunidades de trabajo, pero no las mismas para estudiar, dice. Fue por eso que su familia lo motivó para que saliera del país si quería crecer profesionalmente.

Pereira terminó hace cinco años el CBC, pero su compañero de departamento se volvió a Brasil y entonces se vio obligado a priorizar el pago del alquiler y las cuentas. Por las cargas horarias de la UBA decidió parar un año, sin saber siquiera que ese año se volvería interminable. Ya son cinco los que cuenta desde la larga cuadra abarrotada de extraños sujetos que lo miran con recelo cuando los persigue para ofrecer el turismo por la Ciudad.

Cada dos minutos suelta una sonrisa forzada. Le urge vender el servicio para el que fue contratado de palabra en una vieja oficina.

Allá en Ipatinga su familia piensa que retomó la carrera este año, que le estaba yendo mejor económicamente.

-Me anoté en un curso de chef y cuando les digo que voy a clases, es a esas clases a las que voy, no a las Medicina, como les hice creer –confiesa, con picardía.

Sus deseos de ser médico se esfumaron cuando se encontró con él mismo, con la noche y con quien podía ser detrás de quienes creen conocerlo tanto.

-La voy a retomar en cualquier momento, para complacerlos –razona con la mirada puesta en su próxima víctima.

Por la alta demanda en la carrera de Medicina y el polémico examen vestibular, muchos jóvenes quedan fuera de la oferta de las universidades públicas de Brasil donde se imparte la carrera de Medicina. Además de lo larga y costosa que les resulta, ya que tiene un límite mínimo de 12 semestres (6 años) y un máximo de 18 semestres (9 años) para recibirse. Mientras que en las universidades privadas los aranceles suelen oscilar entre los 5 y 7 mil reales ($68.740 al tipo de cambio de hoy) por mes, lo que lleva a que sólo la clase media-alta pueda acceder a la carrera.

Elaine Cristina, de 32 años, llegó al país a dedo junto a dos amigas hace mas de un año. En Brasil dejó, junto a su familia, a su pequeño hijo de cinco. Es tímida, un tanto distraída comparada con Jonathan y Davidson, sus compatriotas que corretean a los posibles clientes.

Al ser la que menos habla español no se atreve a contar sus peripecias para llegar a Buenos Aires y estabilizarse.

-Passeios turísticos, jantar de tangoooo –ofrece a un grupo de chicos que visten camisetas de Gremio de Porto Alegre.

Detrás de ellos pasa una pareja que ella marca como argentina. No les ofrece el servicio. Ambos le sonríen.

-Passeios turísticos, jantar de tangoooo -continúa repitiendo el monólogo una y otra vez. No se aparta de su idioma.

Allá, en San Luis, capital del estado de Marañón, llega poco turismo argentino, y por eso, a diferencia de sus compatriotas ha tenido menos contacto con hispanohablantes. Desde que vive en Buenos Aires sólo pudo trabajar como vendedora de servicios turísticos por la falta del documento argentino y por la barrera idiomática.

A principio de año, Elaine empezó junto a sus amigas a cursar el CBC para sumergirse en el mundo de la Medicina. Dice que no le falta vocación y que desea recibirse para poder volver a su natal Maranhão. Con su hijo.

-Passeios turísticos, jantar de tangoooo.

A unas cuadras de donde están los cazabrasileros, está Aníbal Orihuela. Un argentino de 45 años. Grandote, fortachón, maneja la oficina de turismo local junto a su socio, otro brasilero que lleva 10 años en el país.

-Todos vienen con una mano atrás y otra adelante. ¡Pobres! -califica Orihuela desde la silla de su oficina en el primer piso de Galería Jardín.

-Aquí se ganan el pan más fácil y les alcanza para estudiar –afirma, a la vez que controla la venta que hace su socio un escritorio más adelante.

Las historias de los jóvenes estudiantes a lo largo de la peatonal se repiten con frecuencia. La mayoría llega a estudiar Medicina, algunos trabajan durante años en las agencias que los cobijan sin exigirles más que cazar a los turistas del habla portuguesa. Los más ambiciosos se codean con argentinos para aprender el español más rápido y volar hacia un mejor trabajo, en blanco.

-Si yo veo que son gente que recién llega, voy y los agarro. Algunos duermen en la plaza por un día o dos. Entonces los ayudo unas semanas hasta que se ganan algo para ir a vivir a un hotel –argumenta el dueño.

De acuerdo con la Dirección Nacional de Migraciones, en el 2017 Brasil ocupó el sexto lugar de nacionalidades que más radicaciones solicitaron en la Argentina. De los quince países en el ranking, solo el 60% de residencias concedidas corresponde a temporarias, el 40% a permanentes.

Lo que confirma que la mayoría de los jóvenes que cruzan la frontera con la mochila llena de ilusiones, lo hacen sólo con el fin de convertirse en médicos y regresar a sus orígenes.


 
 
 

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Belkis Icela Cárcamo
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